David baja la escalera despacio, no tiene ninguna prisa porque todo le da ya igual. Atrás deja sus esperanzas y sus ilusiones, sus amigos y a saber donde estará su familia.
Ha llegado al portal que da acceso al patio de la urbanización, antes de cruzar el umbral de la puerta se para a pensar cómo puede hacer para frenar todo esto.
Sabe que no puede hacer nada y se resiste a la idea de que ya está muerto. La herida que tiene en el brazo no deja de sangrar y aunque la intenta taponar con su propia camiseta presenta un aspecto muy feo.
Aquel mordisco le ha sentenciado, no le vio venir, le pilló completamente desprevenido y sin tiempo de reacción. Que más da ya.
Ahora sabe que es uno de ellos y que es cuestión de tiempo que pase el resto de sus días deambulando durante toda la eternidad por las calles que le vieron crecer y ser feliz.
Tiene mucho frio, la fiebre empieza a hacer presa de él, sabe que es el principal síntoma de que todo pronto acabará.
Atraviesa el patio de la urbanización, el ruido es ensordecedor, los gemidos son incesantes, la valla que cubre todo el recinto detiene a las masas de muertos que tratan de entrar para devorar al pobre David.
Se detiene a pocos metros de ellos que ansiosos y rabiosos sacan sus brazos entre los barrotes de la verja metálica tratando en vano de hacerse con su presa.
David les observa detenidamente, les mira a sus ojos inyectados en sangre y completamente desorbitados. Muchos de ellos deformados e irreconocibles por tremendos mordiscos.
Por su cabeza no pasa nada, prácticamente ya se siente uno de ellos aunque todavía le queden unos instantes de su corta vida.
¿Qué hacer? ¿Dejarse devorar o esperar a morir con dignidad? A David le da todo igual pero tampoco quiere sufrir y notar más dolor del que ya siente.
Decide dar media vuelta y salir del patio en dirección al garaje, ha prometido a su amigo de la infancia que trataría de llegar hasta sus padres y una promesa es una promesa.
Lo tiene muy complicado ya que su coche lo dejó en la casa de su amigo, justo al otro lado de las vías del tren.
Las puertas que dan al garaje están abiertas y afortunadamente, la puerta de salida de vehículos está entreabierta por culpa de un montón de cuerpos aplastados que la frenan.
David se tumba en el suelo para reptar y salir por el pequeño hueco, los cuerpos destrozados los va dejando muy cerca de él, uno de ellos reacciona a su paso abriendo sus ojos rojos de par en par pero sin posibilidad de llegar hasta él. Por fortuna tampoco puede gemir ya que carece de buena parte de la garganta.
La calle parece despejada, todos los infectados están reunidos en torno a la verja de la entrada por lo que echa inmediatamente a correr hacia las vías del tren.
Un grupo de muertos han salido tras él pero su ritmo es bastante inferior y no representa peligro alguno para David.
Logra saltar la valla de alambre y tras instintivamente mirar a ambos lados por si llegara algún tren, se para un momento para reír irónicamente, se siente ridículo por su gesto.
La siguiente valla es un muro de ladrillo bastante considerable, lo saltaría sin problemas de no ser por la herida del brazo que no deja de sangrar ni de doler.
A la derecha observa una valla de obra, perfecta para usarla a modo de escalera. A duras penas la logra levantar y apoyarla contra el muro.
Tras él cientos de muertos se agolpan en la primera valla de alambre, han sido atraídos por el olor a carne fresca y no cesaran hasta llegar hasta él.
David mira hacia atrás conocedor que no tiene mucho más tiempo. Lentamente sube por la valla hasta encaramarse al muro. Desde arriba observa lo que hay al otro lado, no hay ningún infectado pero la altura es considerable.
No tiene fuerzas para volver a coger la valla por lo que decide saltar asumiendo todas las consecuencias.
David salta cayendo al suelo y rodando hasta golpearse con un coche aparcado. Durante unos instantes queda un poco aturdido quedando a merced de cualquiera que pueda estar cerca.
Por suerte está aún solo y ahora le queda llegar hasta su coche, aparcado justo en la esquina de la calle.
Tiene el mando en el bolsillo el cual activa con una distancia prudencial para evitar sorpresas inesperadas.
Todo despejado, David entra dentro de su coche cerrándolo inmediatamente. Arranca sin problemas y sale de la calle en dirección a casa de sus padres.
No viven muy lejos de allí, tardará apenas unos quince minutos en llegar sin no encuentra ningún problema en el camino.
A su paso solo ve destrucción y muerte, cuerpos mutilados moviéndose por impulsos, otros agachados devorando los restos de algún pobre infeliz.
David llega hasta la calle de sus padres dejando el coche en medio de la carretera. Antes de salir procura mirar bien por si no está solo.
Todo parece despejado, sale del coche con las llaves de casa de sus padres en la mano, se aproxima al portal sin apenas notarse sus pasos. Se detiene un momento por el dolor que cada vez es más intenso, las piernas le tiemblan y está a punto de perder el conocimiento.
No quiere morir en la orilla después de nadar durante horas y en un esfuerzo de lo poco que le queda de humano le hace levantar la llave hasta el bombín de la puerta del portal.
La puerta chirria al abrirse y de la oscuridad del portal un cuerpo se le abalanza a David tirándole al suelo.
El infectado le muerde repetidamente en los brazos mientras otro de ellos sale de la oscuridad para agacharse y unirse al festín.
David en su último hilo de vida, abre los ojos, sus padres le están devorando.